Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

miércoles, 21 de agosto de 2019

Adela

Adela despierta por la mañana como el inicio de un cuento de niños; érase una vez. Y a continuación de esas líneas, se escribe una historia repleta de huecos y goteras que es tapada con una hermosa casa de muñecas en color celeste, persianas blancas y con tejado castaño. Adentro vive una Barbie maravillosa con una sonrisa que hace imaginar una vida llena de éxitos. Adela se mira en el espejo y lo ve; el cuerpo desnudo, las constantes preguntas, las heridas invisibles, la insatisfacción, la soledad reinante. Sabe que la narración es más falsa que su cartera de Louis Vuitton, una imitación, y como tal, deja mucho que desear. Pero por alguna razón, es lo único que le queda para seguir funcionando. Sí, tiene que aferrarse a ella con uña y dientes, aunque no sabe bien por qué. Una parte de ella piensa que decirse que los cuentos tienen unicornios, arcoíris, doncellas rescatadas y finalices felices, es la manera de sobrevivir. Una parte de ella piensa que el orgullo y los prejuicios no son obstáculos para el romance de película, que los amores fulminantes no son mera ficción. ¿O sí lo son? Adela se maquilla para disimular su palidez, se pone los labios de rojo. Se viste de traje, se sube a los tacones y se mira por última vez en silencio. La vista fija le dice algo pero es mejor no escuchar. Toma sus llaves, abandona la casa de muñecas y luego el cuento sigue, tal y como se supone que van las grandes historias de amor. 

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