Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

jueves, 22 de agosto de 2019

Arizona

Arizona siente ese escalofrío que le recorre todo el cuerpo, esa electricidad que va desde la punta de los dedos de los pies hasta la espalda que se arquea como una felina. Se estremece y sucumbe a una respiración agitada, a un canto brutal, a unas palabras de acero candente en el oído. Y cuando esa música suena, Arizona sabe que no importa dejarse dominar, que quiere y desea entregarse por completo; su lado subterráneo, la parte que a veces se avergüenza de sí misma, e incluso esa porción de tierra indómita que sólo muestra en secreto. Porque cuando él toma la rosa, la hace suya con espinas y todo. Y entonces, la posesión se vuelve un acto sagrado, sempiterno. Arizona brilla en su desnudez, con la piel erizada en cada uno de sus rincones. Su camino de lunares danza. Afloja, se rinde. Muerde los labios como si el mejor de los placeres le arrebatara la determinación y el coraje. Porque cuando él le roza con los dedos y le graba su lengua por la clavícula, la hace suya con estrellas y tormentas eléctricas. Y entonces, el clímax se vuelve un acto sagrado, inminente. 

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