Anahís entrega su cuerpo libre y se deja llevar. La música sube lentamente como aire para sus pulmones, y entonces cada uno de sus músculos entran en sintonía con el momento, se mueven al galope con vida propia. Ella baila sola en la mitad, como si fuese la única mujer en el lugar. Los ojos cerrados, la luz por todas partes, la bulla de la multitud, el cabello como seda cayendo por su espalda, sus poros sudorosos abriéndose uno a uno, las caderas zigzagueantes y alborotadas. El mundo se hace cada vez más pequeño y ella tan grande, y nada ni nadie puede detenerla. Anahís se vuelve traslúcida, entrega su cuerpo libre y se deja llevar. La energía se convierte en alimento para sus labios, y entonces cada parte de su ser se electriza como hielo deslizado muy despacio sobre la piel. Mientras los parlantes retumban, en su interior hay un único sonido; la oscuridad hecha poesía cantándole al oído, tanto así que pareciera que puede levitar y despegar sus pies del suelo. Anahís da permiso al roce, entrega su cuerpo libre y se deja llevar. Siente su figura poseída y no le pone trabas para bailar. Ella sola en la mitad, como si fuese la única diosa en el lugar. Los ojos continúan cerrados, la luz por todas partes, la efervescencia de la multitud, el rocío de una flor cayendo por su cuello. El mundo se hace cada vez más pequeño y ella tan grande como una supernova que nada ni nadie la puede detener.

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