Lejos de la gran ciudad, en una pieza empapelada con páginas de The Clinic, se teje más que una aventura de amor. Sí, continúa la miniserie que habla de reconquistas con gusto a porno y a otras adicciones.
Comienza con una mujer y un grupo de personas reunido en una fogata en la montaña. El telón de fondo, es un canto a la madre tierra, un agradecimiento a la vida, una necesidad de volver a ser sólo mujer sin ningún otro apellido. Y en medio del fuego, de la embriaguez del momento, ambos se miran, o más bien ella le deposita una imagen a través de las pupilas, sí, una imagen de lo que podría suceder. Él se aproxima y le toma de la mano. Ella entiende perfectamente lo que sigue y muere de deseo.
La caminata en silencio hasta la habitación es como la crónica de una dulce muerte anunciada; el erotismo en su máximo esplendor y la ansiedad por las nubes. El desierto, los cáctus, el grupo, la fogata, todo va quedando atrás muy despacio. Ella siente que le tiemblan las caderas y que una súbita oscuridad le va corriendo desde la punta de los pies a esa clavícula maligna, la suya.
Suben las escaleras de caracol hasta una puerta que tiene grabado en tiza sus nombres y ponen llave a la chapa detrás de ellos. Ella entiende perfectamente lo que sigue. Él recibe la promesa de la noche y le sonríe. Cada una de sus dudas, cada porción de sus defensas, se han quedado en esas escaleras para liberar lo que más ansían; lo salvaje.
La pieza está sumida en la penumbra, y la única música que se oye viene de los antepasados que han bajado a bailar en ese territorio sagrado. Él la apoya contra la pared. Sí, porque tiene claro que con ello puede desbaratar los botones de sus jeans sin oposición alguna. Ella no deja escapar ningún segundo. Cede. Acepta. Quiere.
Para cuando abandonan la ropa, dos relámpagos han caído sobre el techo empapelado sin misericordia y sólo diez centímetros separan su cintura de la lujuria. Él respira el pecado (a ella), y desde allí recorre su cabello, su perfume, su curvatura hasta el suelo. Sí, porque tiene claro que con ello puede hacerle estremecerse por completo sin siquiera tocarle. Ella entiende perfectamente lo que sigue. Desciende su encaje, la última porción de tierra sin conquistar todavía. Intuye la humedad, la necesita. Ella muerde sus labios y se agita su respiración. Todos los demonios tienen permiso para salir esta noche. Y entonces, un único beso en esa maligna clavícula basta. Él lo tiene claro.
Su cuerpo aparece desnudo ante el brillo de esa luna llena, sin preguntas y con todos los anhelos sobre la cama. Ella sigue su ejemplo, y lo empuja sobre el colchón para tomar las riendas de lo que le pertenece (a él). Y así, en ese reencuentro sin apellidos se hace palpable la definición de lo indómito, la furia interna, ese instinto tan primario, tan propio de ella. Ambos se miran como fuego que quema y él la besa, justo ahí donde se multiplican cada una de sus súplicas.
Entonces ella danza con los lobos y en una inclinación hacia su oído le susurra; -Soy adicta a que digas mi nombre. Soy adicta a que me quites la ropa. Soy adicta a que muerdas mis pechos. Soy adicta a tu boca en mi universo. Soy adicta a sentirte tan dentro-. Y de ese modo, él también entiende perfectamente lo que sigue, y todos los papeles de ese cuarto desfallecen.

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