
Y a ojos cerrados sentí el frío de sus dedos rozándome la piel, sin duda era el adiós que hasta las hojas añejas, sin vida a causa del reciente invierno, anunciaban a través de lágrimas de cristal y cielos grises de dolor. Permanecí en la oscuridad, podía oír, pero no ver, y la soledad en aquellas sábanas parecían gritos desgarradores contra la muralla de mis miedos más ocultos, esa barrera de deseos que han pasado a ser parte del olvido a causa de mi insensatez y mi falta de coraje.
Cerré los puños y escondí mi reflejo de las luces de la verdad absoluta, entre noches silenciosas y amaneceres vacíos, imaginaba cada minuto el espacio allí a lo lejos, un mundo paralelo que nadie entenderá jamás y que en comparación con las visiones de esta esfera parecen ser más reales que el propio aliento de vida, más vivo que cualquier color o forma que haya visto por los senderos de mi locura celestial.
Y allí, en la habitación sin paredes, pero de múltiples bordados de recuerdos, entreví un paisaje cubierto de rosas silvestres y vuelos ligeros hacia un infinito que susurra mi nombre desde las lejanas burbujas de agua cristalina, las caracolas de múltiples colores, las sedas de exquisitas fragancias y la suavidad de los vientos cuando chocan con los rostros y los cabellos sueltos al compás de las danzas del aire que proviene de la respiración serena de azucenas y mágicos seres.
Pero nada importa ya, convivo con algo que ya está lejos de ser mera locura, esa locura dulce y demente, sino que se asemeja más a un lazo de mentiras que me empuja a cada momento a aquel polo de la máxima soledad posible y mientras continúo recostada sobre las barreras que me impiden caminar hacia tus brazos ya desgastados, mis ojos siguen cerrados a causa de la ceguera y el temor que me produce sentir la tristeza alrededor, escondida entre las personas y el vivir cotidiano, disfrazada de bellas figuras que no son más que un espejismo aterrador, una condena secreta con nuestras propias ansias de libertad.
Cerré los puños y escondí mi reflejo de las luces de la verdad absoluta, entre noches silenciosas y amaneceres vacíos, imaginaba cada minuto el espacio allí a lo lejos, un mundo paralelo que nadie entenderá jamás y que en comparación con las visiones de esta esfera parecen ser más reales que el propio aliento de vida, más vivo que cualquier color o forma que haya visto por los senderos de mi locura celestial.
Y allí, en la habitación sin paredes, pero de múltiples bordados de recuerdos, entreví un paisaje cubierto de rosas silvestres y vuelos ligeros hacia un infinito que susurra mi nombre desde las lejanas burbujas de agua cristalina, las caracolas de múltiples colores, las sedas de exquisitas fragancias y la suavidad de los vientos cuando chocan con los rostros y los cabellos sueltos al compás de las danzas del aire que proviene de la respiración serena de azucenas y mágicos seres.
Pero nada importa ya, convivo con algo que ya está lejos de ser mera locura, esa locura dulce y demente, sino que se asemeja más a un lazo de mentiras que me empuja a cada momento a aquel polo de la máxima soledad posible y mientras continúo recostada sobre las barreras que me impiden caminar hacia tus brazos ya desgastados, mis ojos siguen cerrados a causa de la ceguera y el temor que me produce sentir la tristeza alrededor, escondida entre las personas y el vivir cotidiano, disfrazada de bellas figuras que no son más que un espejismo aterrador, una condena secreta con nuestras propias ansias de libertad.
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