
Es casi ilusorio ver cómo en dos fragmentos de segundo, o más rápido que la velocidad de la luz, o tan pronto como suena un "click" al chasquear los dedos, o en un aleteo de mariposa... que todo pueda acabarse. Ni lo pensamos, pero es así. Todo tiene un final, y puede llegar tan sólo caminando de una habitación a otra. Eso pensé yo. Eso pensé que tú querías cuando tuvimos aquella conversación cubierta de sangre entre lágrimas y reclamos. Tuve miedo, seguro ni lo sospechaste. Pero así fue. Pensar que en el cambio de luces de un semáforo todos los status pueden cambiar. Es casi irónico, casi cómico. Y entonces habían deseos encontrados, pues yo no quería y al parecer tú sí, y a ratos viceversa. ¿Qué cosa más extraña no? Un minuto miraba la luna en su tristeza, y al siguiente miraba las estrellas más bien cayéndose a pedazos. Y después no era de noche, sino de día. Había sol y todo había dado un giro en trescientos sesenta grados. Esos son los cambios repentinos de los que hablo, y las vueltas que puede dar la vida tan sólo cruzando una esquina. Para bien o para mal el ser humano toma decisiones. Nosotros hicimos nuestras propias elecciones y aquí estamos. Juntos en la misma habitación, todavía observándonos, todavía intentando comprendernos. Tanto lo que nos une puede separarnos... o eso dicen. Y no quiero que aquello que tú sabes sea nuestro punto de afiliación, sino lo que somos en la más pura verdad. No quiero rendirme tan fácil, no quiero que seamos el conflicto agregado de nuestras vidas. Si todo tan fácil puede terminarse, ayudemos un poco más a que perdure. Si las cosas ya cambian para mal, hagamos que cambien para bien. Un beso, un perdón, un abrazo. Todo eso dura segundos y aún así marcan la diferencia. Bien tú y yo lo sabemos. ¿No es cierto?
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