
Hoy sentí la luz del sol bordeando mi espalda. Me acordé de ti. Me acordé de nosotros. Miradas que en una tarde cálida intentaban decirse algo, quizás confesar algo de amor. Y nuestras pupilas bailaban saboreando la gracia de saber aquello que pensamos, pero que no diríamos a través de palabras. Luego sonrisas, timidez, y rubor en nuestras mejillas. Es la emoción que siempre compartimos con la electricidad de nuestras manos, que nos va invadiendo el cuerpo de a poco para iluminarnos el rostro y el alma. Perdemos la ingenuidad y nos entregamos al sueño, a la vida, a la ilusión. Nos conquistamos los labios, nos hacemos pequeños para acogernos mutuamente, para sincerarnos una vez más. Y sólo siguen siendo miradas, y ese beso tuyo que me das. O tu rosa que me recorre el cuello. Y esos dedos temblorosos dibujando el contorno de mi ser. Y entonces tu espalda también es mía, junto con todo lo tuyo. Pues en segundos los límites son difusos, no existe la pluralidad, sino una integración, una unión, una comunión entre todo lo que te he entregado y todo lo que tú me has querido regalar. Pero qué va.. son sólo recuerdos. Y a la vez no sólo eso. Es realidad, es la música en mi cabeza. Es todo aquello con lo que sueño... de noche o al despertar. Ninguna vida es cotidiana al lado tuyo. Y ninguna rutina existe cuando me sorprendes cada día con tu voz. Enséñame a leer tus labios, enséñame a descubrir tu desnudez. No es únicamente la luz sobre mi espalda, es tu mano que me acaricia, tu cuerpo que me dibuja y tus labios que se funden con mi sed.
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