
En la hendidura del infinito vuela esa mariposa. Sus alas rojizas y moradas tintinean las gotas de lluvia que caen del cielo azucarado. Cantan las alas, se besan en los labios. Y la mariposa sigue siendo, bajo ese capullo de colores, un alma en esperanza, unos ojos pardos escondidos en la negrura. En la brillante escalada hacia la cima, el infinito parece demasiado imperecedero para ser alcanzado. Y una melodía sublime brota de su piel, hechizando el espacio, conquistando una playa que sólo habita en sueños y en historietas antiguas. Y ahí en la arena, la mariposa deja caer sus alas. Nada tiene que ser como antes. No en la hendidura del infinito. Pues allí las caricias sobran, y los besos dulces florecen como orquídeas. Ni siquiera las alas son necesarias, nada más una sonrisa eterna que, en medio de cuerpos salvajes, cambie el tiempo y no le otorgue límites. Sí, la mariposa puede recobrar su cuerpo de mujer. Nada tiene que ser como antes. No en la hendidura del infinito. Pues allí el amor no se extingue, y el fuego no se apaga jamás.
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