
Una rosa blanca colgaba de sus ojos. Pero no era de verdad, estaba hecha de trozos de papel picado. Y en el ascensor de la vida, todo llovía a través de los cristales. Una frescura que se detiene en el tercer piso, que echa raíces y coloca botones a través de las paredes. Y no hubo sólo blancas, sino también rojas, y una que otra celeste, teñida por la mano del cielo. Todo parecía haberse asentado. Una marea tranquila detrás de la ventana y esa única gaviota que se posa en el marco, que observa el mundo en su anchura, en su libertad. Quietud. Y aún está esa rosa que respira por sus labios, y sueña con sus manos. Ha mudado la piel, ha encontrado su guarida. Y luminoso en el horizonte, el sol la abriga en sus desvaríos y la protege de las tormentas. Un dibujo en la pared le hace pensar a la rosa, el botón florece y el papel traza un rostro pálido. Una rosa blanca colgaba de sus ojos, y unos labios cantaban al descender otra vez el elevador.
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