
En el anfiteatro de mi vida han existido numerosos escenarios, pero sólo uno se repite más continuamente que los otros, y es precisamente ese el que más me atormenta. ¿Quién no pensaría entonces que en esas circunstancias es necesario un refugio paralelo? Para eso han sido creados. Y así florecen constantes vitales, margaritas diminutas que hacen pensar en colores y sonreír ante la más mínima estupidez. Como pequeños ángeles nos acompañan y resguardan, nos protegen de la soledad y de sentirnos abandonados a la poca cosa. Sí, no hay por qué conformarse. Las constantes vitales nos dibujan anchos escalones dorados hacia el cielo, nos cantan, nos conversan. Y es rico estar ahí, un poco más cerca de las nubes y del abrazo del sol. Y el aire sabe a algodón de azúcar, y su aroma es similar a un campo de vainilla. Todo adquiere el tono de un magnolio chino, y se vuelve el dormitorio perfecto para descansar. Para qué colocarme zapatos, si las nubes son suaves, y el amor se vuelve ahí, exquisitamente puro, cien por ciento cerezo en flor, o fuego perenne. Las constantes vitales mantienen el pulso corriendo en bicicleta, saltando los escalones, bailando en el paraíso y amando en plenitud. Y no es necesario descender del cielo, sólo apoyar la cabeza en la almohada y entregarse a las hadas o a un beso dulce de amor.
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