Y llegó el día. Quien lo diría. Quién podría pensar que 400 es el número correcto o que no, que es el tope, o que definitivamente no hay límites ni fronteras en este amplio espacio donde vivimos. Llegó el día del número 400. Un día parcialmente despejado. Un día donde no se asienta la calma, pues el espíritu está intranquilo. Quiere más. Desea más. Busca más. Sí, el corazón se agita en el cuerpo, lo revuelve, le pide que salga a correr, que suba las escalas del cielo. Esta tierra se queda corta, no puede vivir semejante alma libre en una caja tan reducida. Tiene que haber más allí afuera. Se rehúsa a creer que esto es todo. Se rehúsa a pensar que no puede construir algo más al exterior de estas cuatro paredes. Y no está conforme. Quiere volver a tomar sus pinceles para convertirse en el actor que era. En el dibujante de realidades. En el creador de poesías. Llegó el día del número 400. Y hoy más que nunca no quiere que las cosas sigan siendo iguales. No quiere que el mar pierda su fuerza para quedarse relegado a un cuadro inmóvil. Tiene miedo de que se le pase el tiempo, de que se le pase la vida y sus sueños. No encuentra la felicidad, no alcanza a sentir que el viento puede vivir serenamente. Están todas esas dudas, y esa sensación de vacío pues no puede hallar ese algo que le hace falta. Sí, hay un ingrediente que brilla por su ausencia, y eso no permite respirar, no permite estar en calma. Llegó el día del número 400. Y lo más probable es que nadie entienda qué quiere decir con eso. Nadie sabe lo que piensa, ni siente. Nadie tiene ni la más remota idea, de que el mundo no basta para un alma que nació con alas.
Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...
jueves, 10 de septiembre de 2009
Carta número 400
Y llegó el día. Quien lo diría. Quién podría pensar que 400 es el número correcto o que no, que es el tope, o que definitivamente no hay límites ni fronteras en este amplio espacio donde vivimos. Llegó el día del número 400. Un día parcialmente despejado. Un día donde no se asienta la calma, pues el espíritu está intranquilo. Quiere más. Desea más. Busca más. Sí, el corazón se agita en el cuerpo, lo revuelve, le pide que salga a correr, que suba las escalas del cielo. Esta tierra se queda corta, no puede vivir semejante alma libre en una caja tan reducida. Tiene que haber más allí afuera. Se rehúsa a creer que esto es todo. Se rehúsa a pensar que no puede construir algo más al exterior de estas cuatro paredes. Y no está conforme. Quiere volver a tomar sus pinceles para convertirse en el actor que era. En el dibujante de realidades. En el creador de poesías. Llegó el día del número 400. Y hoy más que nunca no quiere que las cosas sigan siendo iguales. No quiere que el mar pierda su fuerza para quedarse relegado a un cuadro inmóvil. Tiene miedo de que se le pase el tiempo, de que se le pase la vida y sus sueños. No encuentra la felicidad, no alcanza a sentir que el viento puede vivir serenamente. Están todas esas dudas, y esa sensación de vacío pues no puede hallar ese algo que le hace falta. Sí, hay un ingrediente que brilla por su ausencia, y eso no permite respirar, no permite estar en calma. Llegó el día del número 400. Y lo más probable es que nadie entienda qué quiere decir con eso. Nadie sabe lo que piensa, ni siente. Nadie tiene ni la más remota idea, de que el mundo no basta para un alma que nació con alas.
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