
En la aurora de la mañana venía un velero con acorde de violín, con velas de horizonte y jardín de jazmín. Venía el velero rozando las aguas, haciendo salir a bailar al sol de las montañas. El aire se respiraba limpio. Y el rocío dibujaba estelas de papel en las murallas de plata. De a poco fueron despertando las muñecas, de a poco fue llenándose de espuma el mar. Y mientras el velero avanzaba hacia el puerto, en el castillo sonreían las sirenas, escribían de alta mar. Y las muñecas peinaron sus cabellos, y se vistieron con zapatos de charol. ¿Qué de nuevo traía para cantar el velero? ¿Qué historia de amor podía contar? Una armónica de versos dulces, una flauta de labios y magnolias. Sólo el cuerpo desnudo, dejando a la muñeca, sin vestido ni farsa. Y así, de lejos en la torre, el mismo acorde de violín haciendo paso a la mañana. El mismo velero serpenteante de un nudismo efímero.
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