Radiantes días balanceados por el agua marina,
Buscando la armonía, el sagrado
Equilibrio entre sentir, pensar y vivir.
Pies claros que resbalan navegando en la espuma
El deleite, de la cabellera dibujando viento
Y la franqueza de mis labios al atardecer.
Puesto que de dos modos es la vida,
Lo que brilla y madura, y lo que es, soterrado
A la oscuridad de mi selvático núcleo.
En esa hora se juntan las gotas del desvelo
El misterio del corazón, infartado
Sobre cuanta temática subyacente, sin consuelo.
De la ola, una ola y otra ola,
Meciendo las arterias de mi cuerpo, cansado
De ir y venir, sin respuestas ni humilde alivio.
Hasta que sol y tierra, sangre y cielo,
No libre la batalla, no concilie el sueño
Modulado no serán los afectos ni el deseo.
La dicha es una torre transparente
De azucenas por coger, sin ningún permiso
De maglonias por besar, sin perdones.
Por eso canto al día y a la luna,
al mar, al tiempo, a todos los planetas,
Que traiga para mi, concedido
El respiro, la libertad, al amor enardecido.
Estallan las granadas del sol y las estrellas,
Frente al mar entrego mi ofrenda, tu mano
Para hacer crecer cuanto pueda en mi fantasía.
Es la risa del aire desatado en la altura, sí
El mar recibiendo mi castigo y la disculpa
Mi cuerpo blanco, preparado al fuego.
(Re-escritura. Desde Soneto XLII a Soneto LI).
Pablo Neruda. Cien Sonetos de Amor.

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