Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

jueves, 21 de junio de 2012

Carta número 700

Entre ayer y hoy, me parece que ha pasado tan poco, los mismos escenarios, esos que he contado tantas veces, que me han atormentado por tanto tiempo. Los mismos conflictos, las mismas montañas rusas. Y ese cerebro defectuoso que tengo. Y luego, si lo pienso un poco mejor, en realidad no es tan así. Se han tomado grandes caminos, se han ganado muchas cosas, se ha aprendido un poco más. He crecido y echado a andar mis pies. 
Sin embargo, aquí estoy yo, en los 700. Las letras brotan, la sangre es tinta. Cada vez es más increíble, menos insospechado. Llegar a un viaje tan alto, tan lejano, con tantos vaivenes, con enormes descubrimientos. Pero también, un viaje en el que no se ha perdido el sí mismo en el transcurso, ni me he mirado al espejo sientiendo que a veces se es otro. Menos mal, eso sería muy psicótico. En fin, ha sido un viaje con profundo conocimiento de mi persona, de mis debilidades, de aquello que no puedo controlar y que está fuera de mis márgenes. Se ha aprendido a aceptar, a soltar, a entender, a comprender algunas cosas que antes me parecían tan inciertas. 
Aquí estoy yo, en los 700. En ese vivir cotidiano que de vez en cuando me parece tan confuso. Y que cuando los inviernos me rodean, me replanteo tantas cosas. Como si nada durara lo suficiente, como si nada lograra captar mi atención por más de cinco meses, permaneciendo estable, inamovible. Sigo siendo yo, pero a la vez, todo cambia, mis intereses, mis aspiraciones, por sobre todo, mis emociones. De a ratos se me vuelven incomprensibles, me odio a mí misma, por no saber lo que quiero, por vivir arrancando, por tener esa necesidad de alejarme de las personas cuando me siento muy invadida. Casi como si en ese acercamiento, algo de mí pudiese salir dañado, verse vulnerable o desprotegido. Como si en esa entrega fuera a perder pedazos de mí misma, de mi alma o de mis afectos. No sé, si lo pienso racionalmente es una locura, y aún así, me gana, todas las veces. No lo puedo manejar. No lo puedo evitar. Y aún así, lo odio.
Aquí estoy yo, en los 700. Que impresionante sentir que se es inmensamente repetitivo. Que la vida despega en tantos aspectos, y en otros, como que es hundida en una ola de fango (como un sueño que tuve el otro día). Sentir que a pesar de nadar con todas tus fuerzas y energías, no sales, la corriente vuelve a llevarte más y más adentro. Patético. Triste. Sentir que por un lado te realizas, cumples todos tus sueños, vas creciendo y desarrollándote en eso para lo que la vida "supuestamente" te ha creado, en eso que te motiva profundamente, que te invita a superarte y a salir a buscar más. Y por el otro lado, el tiempo no avanza, como un cuadro colgado en la pared, esperando expectante, a que alguien lo mire, a que alguien haga algo con él. Es una sensación de vacío, que te inunda todo el día, pero en menor intensidad cuando hay sol y pasan cosas buenas, cuando hay esas pequeñas alegrías que te hacen levantar la frente y continuar. 
Aquí estoy yo, en los 700. Con toda esa parte de mí que sigue indecisa, doliente y enrabiada. Que busca la sanidad y no se recupera. De todo el amor que se puso en juego y no resultó. De ese amor que me dejó con las manos abiertas y estiradas, sin recibir nada a cambio, sin ser cuidada con la misma amabilidad y ternura que yo había dedicado tan gentilmente. Con toda esa parte de mí que no se recupera de las crueles embestidas del destino y sin propósito evidente. Y así, en ese proceso de enfrentarme, me adentro en la sombra e ingreso a lo más oscuro como si algo positivo pudiese salir de ahí. Alguna semilla de bien, algo que pudiera re inventarme y abrirme las posibilidades a una realidad diferente, a ese mundo paralelo con el que siempre soñé de niña. Algo tiene que salir, algo tiene que surgir. De otra forma, no sé qué haría, no sé qué más podría esperar, que más podría pasar. Definitivamente la locura terminaría por descomponerme. No puedo seguir siendo la misma. Con ese traje de negro apegado a mi cintura, cómodamente y con todo el descaro del mundo.
Aquí estoy yo, en los 700. Siento que finalmente, caigo en las mismas perseveraciones de siempre. Como si mi vida entera fuese un F spoiling de Rorschach. Como si tuviera todas las ganas de hacer modificaciones, y aún así, nada sucediera. Como si ni siquiera tuviera el control de mi propia mente y corporalidad. ¿Qué sucede conmigo? ¿Salí defectuosa de fábrica? No termino de encontrar esas respuestas que supuestamente debiesen estar inscritas en mí. No termino de confiar en mis emociones.  No logro generar un equilibrio, ni sentirme coherente, con una luz propia que brille. Y ahí, cuando llega la noche, no tengo quién me alumbre, no tengo quién me cuide, ni siquiera puedo contar con mi propio yo para que pueda aprender a cuidarse. Para que pueda pintar armonías en lienzos de blanco y producir algún respiro de tranquilidad.

1 comentario:

Janeth Plazola dijo...

Qué hermoso, lo leí y me identifiqué completamente.
Veo que eres psicóloga además, yo estoy por entrar a esa carrera.
Saludos!