Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

domingo, 12 de mayo de 2013

One Hundred Times Deeper

Capítulo I

Tercer día en su nuevo trabajo.

Quiero que sea fin de semana. Quiero que sea fin de semana. 

Se lo recita a sí misma varias veces, pensando que quizás logre hacer que el día viernes se adelante un poco. Frunce el ceño. Al ver su rostro en el vidrio de la oficina se percata de que está bastante cansada por las líneas violetas debajo de sus ojos, y el cabello ya no se ve tan hermosamente peinado como en la mañana, cuando se esforzó por dejarlo amarrado en una cola.

Quiero que sean las seis. Quiero que sean las seis. 

Mira el reloj MontBlanc de acero y diamantes que le regaló su novio para el día de la titulación y se dibuja una sonrisa boba en su cara. Al pobre le debe haber costado el sueldo de un año. O quizás más. Le dijo que era demasiado, pero no le permitió devolvérselo. Vuelve a mirar el reloj, ahora con plena concentración. Son las 16:30. Después de todo, no falta tanto para salir del trabajo. 

Ha pasado un mes desde que consiguió la entrevista en el Hospital Psiquiátrico.
Cuando llegó a la reunión a las 8:15, una amable señora rondando sus cincuenta, de pelo rojizo y uniforme color lila, le hizo pasar a una sala de estar y le señaló que se sentara en un viejo y roído sillón de tela. Se acomodó sobre los cojines y sacó el iPhone de su cartera. Su novio le había dejado un mensaje de buena suerte. Hace click en la pantalla y luego de teclear el código de acceso, entra al WhatsApp sin problemas.


[Espero que tengas un lindo día y que te vaya muy bien en la entrevista.
Eres la mejor, así que estoy seguro que conseguirás el trabajo.
Llámame apenas salgas.
Un beso. Te amo.]
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Se sonroja.
Tengo mucha suerte de que sea mi novio.

Aprieta la tecla para escribir y le envía un mensaje de vuelta. Mira la hora en el móvil. Son las 8:27. Levanta la vista hacia la secretaria y la ve a través de sus lentes con el rostro atento a la computadora, sin embargo, esta parece no advertir que ella le está echando el ojo. Le impresiona la velocidad con la que digita en el teclado y al mismo tiempo, se pregunta si la entrevista comenzará pronto. Está comenzando a ponerse nerviosa y las manos le sudan. Para distraer la típica ansiedad que le viene con estas situaciones, opta por observar la sala en la que está; está pintada de un gris claro, el suelo alfombrado en un tono azul marino y no recibe demasiada luz, dado que sólo consta de una pequeña ventana. En la pared lateral hay varias fotografías (de lo que deduce serán los directores que han ostentado ese cargo a lo largo de la historia), y al costado de ellas una estantería de libros cubierta por correderas de vidrio. Finalmente, puede ver algunos maceteros con plantas y tres puertas. Una de ellas está abierta y desde ahí es que puede ver a la secretaria, y las otras dos están cerradas. Cuando se le acaba el paisaje, vuelve a su móvil. 8:48.

Qué más puedo esperar del sistema público, todo funciona como la mierda. 

Entra a su casilla de correos y contesta algunos que recibió ayer. Después decide revisar un rato su Facebook, aunque como es tan temprano, no parece haber nada entretenido. Justo cuando depositaba su iPhone devuelta en la bolsa, oye unos tacones al interior de una de las oficinas y luego la puerta se abre.

Por favor que me toque a mí.

- ¿Srta. Wembritte? -preguntó una mujer esbelta de un 1,70, cabellos rubios y ojos azules. Probablemente tendría alrededor de cuarenta y dos años.

- Yo soy -señaló ella. Aunque tampoco hubiese podido ser nadie más, dado que se encontraba sola en esa habitación.

- Pase adelante -agregó la mujer con un delicado gesto de su mano. Para ser tan alta y esbelta, su vestuario no le ayudaba a sacar partido a su cuerpo. No, definitivamente no. Traía una chaqueta de lino negro bastante ancha y una falda color burdeo hasta más abajo de las rodillas, lo que en conjunto no dejaba entrever ninguna de sus curvas.

Caminó rápidamente hasta la oficina y se volvió a sentar donde la mujer le indicó.

- Gracias -agregó.

- Alexis, ¿verdad? -preguntó la mujer. Ella asintió.

-Mi nombre es Estefanía, soy psiquiatra y la persona encargada de la incorporación de nuevo personal al staff. Revisé tu currículum y me gustaría que pudieras partir contándome un poco más de ti -añadió.

- Bueno, como dice mi currículum soy psicóloga junguiana con especialización en el área infanto juvenil. Me caracterizo por ser una persona proactiva, muy responsable, con alta motivación de aprendizaje y desarrollo profesional. Uno de mis mayores intereses es poder participar de un equipo de excelencia como el de este Hospital, especialmente porque hasta el momento sólo he trabajado en instituciones de orden privado, y me encantaría poder colaborar a la salud mental pública.

- Cuéntame qué funciones has desempeñado en tus anteriores trabajos y en el que estás actualmente -señaló Estefanía.

45 minutos después, Alexis estaba fuera de la oficina con la sensación de que le había ido relativamente bien en la entrevista. Su poca experiencia en el ámbito público podía jugarle un tanto en contra, pero si miraban sus otras cualidades, podía ser que el trabajo le resultara.


                                                             ****


- ¿Me comunico con la Srta. Alexis Wembritte? -sonó la voz por el auricular del teléfono.

- Sí, habla con ella -contestó.

- Mire, la llamo de parte de la Dra. Estefanía Rusell por el cargo de psicólogo al Hospital. Queríamos comentarle que usted fue seleccionada para el puesto, por lo que deberá venir al Hospital el día miércoles a las 10:00 para comenzar con los trámites de ingreso.

¡Sí! ¡Quedé!. ¡Quedé!.

- Ningún problema. A esa hora estaré. Muchas gracias -respondió Alexis saltando y bailando de la felicidad.

Después de dos semanas de no recibir noticias del Hospital, Alexis creyó que le habían dado el trabajo a otra persona, pero con este llamado no puede ni alcanzar a describir lo inmensamente contenta que está.

Cuando el día miércoles llegó, a las 9:50 esperaba ansiosamente en la misma sala de paredes grises y alfombra azul marino, para que la secretaria le entregara el papeleo que había que llenar y firmar. Luego, tuvo que esperar alrededor de dos semanas más para que empezara concretamente con su horario de trabajo.


                                                            ****


Quiero que sean las seis. Quiero que sean las seis. 

Se volvió a repetir para que el segundero de su reloj avanzara más rápido. Pero no había caso. Siendo las 16:52, su último paciente del día no tardaría en llegar. Mientras tanto, miró por la ventana de su oficina y reparó en que la fría mañana del 5 de Diciembre ya no era sólo helada, además había comenzado a llover.

¡Maldición!, no traje paraguas.

Frente al desastre que se avecinaba, se le ocurrió la solución perfecta. Cogió su iPhone, apretó el número 1 de sus favoritos y la llamada se marcó inmediatamente.

- ¡Hola amor! ¿Cómo estás? -preguntó Alexis.

- Hola nena, algo ocupado pero bien, ¿y tú?

- Yo bien, muy cansada. Y está lloviendo, ¿te diste cuenta? -le contestó con extrema amabilidad en su voz.

- ¿Eso es un quieres que te pase a buscar? -preguntó su novio riéndose.

Hasta en eso me conoce.

- ¡Por favor!! Salí sin paraguas del departamento.

- Vale. A las 18:30 paso por ti -respondió-. Pero me vas a tener que pagar con muchos besos.

Qué pedazo de novio que tengo. 

-¡¡Gracias amor!! Te daré todo lo que quieras.

- ¿Todo?

- Todo -agregó Alexis con tono burlón.

- Te lo cobraré.

Mi novio es lo máximo.

Cuando conoció a Borja, Alexis estaba en el cumpleaños de un amigo del Universidad. Le pidió a su amiga Susana que le acompañara porque ella sabía que la pesada de Cristina (su eterna rival de la facultad) también estaba invitada, y en el último tiempo, esta sólo se había dedicado a hacerle la vida imposible.

Cuando llegaron a la casa de Víctor, el festejado, inmediatamente se dirigió a su grupo de amigos y se le olvidó que Cristina estaba con sus tropa de meangirls mirándole. Alexis sacó su botella de Vodka, puso hielo en el vaso y luego mezcló la bebida con jugo de naranja. Ama el Vodka. Susana, que estaba de chofer designada, sólo se conformó con el jugo. Comieron, rieron, bailaron, y la noche se hizo cada vez más oscura sin darse cuenta de lo rápido que pasaba el tiempo. Luego, sonó el timbre y ahí fue. 1,80, cabellos morenos, ojos grandes, oscuros y masculinos. Una boca seductora. Un cuerpo que podría haber hecho vibrar a cualquier cadera femenina. Alexis lo miró disimuladamente, como si sólo con la vista fuera posible comérselo de los pies a la cabeza.

Después de cuatro vodkas y medio, el llamado de la naturaleza se hizo presente, así que se encaminó al baño dejando a Susana con el resto del grupo. La puerta del tocador parecía estar cerrada, no obstante, nadie respondía a los golpecitos que le daba a la madera. Así que, sin pensarlo demasiado, tomó la manilla, la giró, y la puerta se abrió con Borja arreglándose el pelo en el espejo y mirándole un tanto enojado.

- ¡Oye! Está ocupado -gritó.

- ¡Perdón!, toqué la puerta y nadie respondía.

- No importa, de todas maneras iba saliendo, es todo tuyo -respondió.

Seguramente, con la influencia de los tragos, y su corazón palpitando al mil por ciento, se acercó de prisa hasta que quedaron cuerpo a cuerpo contra la pared y entonces Alexis le plantó un beso sin pensarlo. Borja se quedó perplejo por un breve momento y luego no se resistió.

Al apartar los labios de los suyos, Alexis se dio cuenta de la estupidez que había cometido y sonrojándose hasta los tobillos echó a correr lo más rápido que pudo.

¡Pero qué demoni....!


                                                           ****


A las 18:12 cogió su cartera y las carpetas, se puso la chaqueta y se despidió del equipo del Hospital.

- Adiós Mónica, nos vemos mañana -dijo Alexis a su mejor amiga del trabajo en el momento en que le daba un abrazo apretado-. ¿Te parece si salimos el viernes a tomarnos algo?

- ¡Me encantaría! Qué buena idea has tenido. Además, me debes una apuesta de Mojitos.

-¡Verdad! -contestó sonriendo-. Con mayor razón entonces hay que salir -le gritó mientras se alejaba del hall principal.

Una vez afuera, Alexis bajó las escaleras hasta la calle y se cubrió la cabeza con sus carpetas para no mojarse.

Odio mi cabello cuando queda indomable por la lluvia. 

Acomodó la cartera y caminó hasta el paradero de buses en el que solía esperar a su novio.

Durante un breve instante, mientras avanzaba por la calzada de granito, sintió que alguien le miraba.


                                                              ****


(Continuará).

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