Almendra lleva media botella de tequila. Piensa que la única forma es celebrar, no sabe qué, pero algo, por último, que está viva. Durante la mañana tuvo sexo con su novio en el baño de la universidad. Y con ello, creyó que con un tinte de adrenalina las cosas mejorarían. Más no sintió absolutamente nada. Estuvo ahí, rígida y con la cabeza en cualquier lado mientras que él sólo tardó 10 segundos en irse y dar la tarea por hecha. Almendra en cambio se sintió vacía, como por enésima vez en el día. Escapó de clases y le escribió a su profesor de literatura. Él tenía novia, pero eso no era impedimento para Almendra. Tampoco para su profesor, quien la desnudó más rápido que sacarle el papel a un paquete de galletas. Almendra sintió un placer único, pensó; esto es. Con él, experimentaba la duración y las sensaciones de un hombre maduro. Un pequeño instante de éxtasis en medio de la nada. Sin embargo, cuando el profesor estuvo listo y la sacó del departamento diciéndole que la llamaría, Almendra volvió a sentirse vacía, asqueada de sí misma. Decepcionada del mundo. Incontrolable. Volátil. Y mientras caminaba a la reserva de agua por la que le gustaba mirar la ciudad, recibió el llamado de su mejor amigo. Un chico recién salido del hospital psiquiátrico. Almendra cambió de rumbo, compró el tequila y se sentó en lo oscuro, con la soledad de un cielo sin estrellas. Pensó, que era la primera vez que alguien le decía las cosas tal como son. Y eso dolió más que mil puñales directo al corazón. "Eres una puta loca, desierta y vacía".

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