Anastasia durmió en la pieza de servicio por primera vez. En sus tres breves años de matrimonio, nunca habían dormido separados. Casi como si hubiese sido una ley. Pero esta vez, no tenía ganas de seguir cumpliendo las reglas, ni de esforzarse ni de nada. Sólo quería estar tranquila. Pensar, o tal vez no, sencillamente hacer lo que se le diera la puta gana. Creyó que este era un logro para sí misma, hacer frente a sus ideas y dejarse llevar por ellas. Sin embargo, el cuarto le pareció frío y desolado, como si le faltara algo. Y se aguantó, las lágrimas que querían descender por sus mejillas. Se aguantó la rabia, la decepción, el desconcierto. Luego se dijo que era mejor cerrar el grifo de los sentimientos y se hundió en películas hasta que la venció el sueño. La conclusión; en este poco tiempo de estar casada, Anastasia nunca había pensado que no quería estarlo. Que tal vez esto había arruinado todo. Que quizás, lo suyo no era el amor ni las familias, ni pretender. Que por mucho que quisiera creer lo contrario, el estar jodida para toda la vida no se resolvía con anillos, departamentos nuevos o fantasías ridículas.

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