Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

lunes, 11 de junio de 2007

Pensamiento sutil


Y a ojos cerrados sentí el frío de sus dedos rozándome la piel, sin duda era el adiós que hasta las hojas añejas, sin vida a causa del reciente invierno, anunciaban a través de lágrimas de cristal y cielos grises de dolor. Permanecí en la oscuridad, podía oír, pero no ver, y la soledad en aquellas sábanas parecían gritos desgarradores contra la muralla de mis miedos más ocultos, esa barrera de deseos que han pasado a ser parte del olvido a causa de mi insensatez y mi falta de coraje.

Cerré los puños y escondí mi reflejo de las luces de la verdad absoluta, entre noches silenciosas y amaneceres vacíos, imaginaba cada minuto el espacio allí a lo lejos, un mundo paralelo que nadie entenderá jamás y que en comparación con las visiones de esta esfera parecen ser más reales que el propio aliento de vida, más vivo que cualquier color o forma que haya visto por los senderos de mi locura celestial.

Y allí, en la habitación sin paredes pero de múltiples bordados de recuerdos, entreví un paisaje cubierto de rosas silvestres y vuelos ligeros hacia un infinito que susurra mi nombre desde las lejanas burbujas de agua cristalina, las caracolas de múltiples colores, las sedas de exquisitas fragancias y la suavidad de los vientos cuando chocan con los rostros y los cabellos sueltos al compás de las danzas del aire que proviene de la respiración serena de azucenas y mágicos seres.

Pero nada importa ya, convivo con algo que ya está lejos de ser mera locura, esa locura dulce y demente, sino que se asemeja más a un lazo de mentiras que me empuja a cada momento a aquel polo de la máxima soledad posible y mientras continúo recostada sobre las barreras que me impiden caminar hacia tus brazos ya desgastados, mis ojos siguen cerrados a causa de la ceguera y el temor que me produce sentir la tristeza alrededor, escondida entre las personas y el vivir cotidiano, disfrazada de bellas figuras que no son más que un espejismo aterrador, una condena secreta con nuestras propias ansias de libertad.

Entonces tapo mis oídos pues ya no quiero escuchar el llanto, sin embargo, mi cabeza sigue pensando que el frío arraigado como cadenas que me asfixian y la lejanía de tus hermosas manos sólo me revela una realidad que en el fondo ya conocía, las noches desiertas sólo se iluminan con el brillo de tus labios y no será hasta que tus ojos se posen en los míos en una comunión de infinita trascendencia, que yo lograré tocar la felicidad como si fueran simples granos de arena entre mis dedos que en un pasado anterior se escapaban de mi en juegos traviesos.

De pronto, me vi hasta demasiado cansada de tanto pensar, mis dedos arrugados tras sujetar la presión de aquel instrumento tejedor de ilusiones en un montón de finas líneas garabateadas con un gusto a poco y una cucharada de incertidumbre consiguió por dejar finalmente el puño acalambrado que sentía cada vez más el paso de los años. Solté después toda esperanza y me abrigué en aquello que ya por mí misma era, la pluma corrió por debajo de la mesa y mi cuerpo agotado se dejó desvanecer sobre las mismas sábanas que habían albergado esta historia, y así la pupila se dilató hasta que percibió sólo fragmentos de polvo de estrellas y diminutos rayos de luces, y luego perdí todo conocimiento hasta alcanzar una paz que hace mucho no tenía.

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