El mar tiene lo justo. La voz que ruge, la osadía, lo valiente y lo guerrero. Eso que me inspira, que me hace gritar por dentro frente a la playa. El olor, su sal, la conquista del infinito. Y ese algo que deja salir mi lado rabioso, cargada de energía dominante. Y también, tiene los colores pasteles, la calma, el sonido que tranquiliza cada parte de mi cuerpo. Que me recuerda mi infancia con alegría. Que me hace sentir pacífica cuando miro cada gota de su espuma. El mar tiene el equilibrio justo. El Ying y el Yang. Esa sabiduría que viene dada por la naturaleza y el cosmos. Y cada vez que me siento en la arena, y observo su belleza, pareciera que soy dos personas y no una. La aguerrida, y la pacífica, como el mar. El punto de diferencia es, que la mayor parte del tiempo, la parte aguerrida permanece en la sombra, ese concepto de Jung que ilustra lo reprimido, oscuro y no aceptable de cada uno. Y la parte que ve la luz, que destapa la consciencia, es esa mujer intentando ser pacífica. No siempre lo logro. No siempre quiero serlo. Talvez, todavía queda mucho por aprender de mí misma, por liberar, por soltar, por dejar ser.
1 comentario:
Llegué de casualidad. Lindo texto. Suerte con la armonía... a las dos.
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