De niña pensé que podía pintar sin límites, que sólo era cosa de cerrar los ojos y trazar. Todo lo que quería era pintar, escoger los colores, tomar una cartulina blanca y nada más pintar. Cada flor, cada pedazo de cielo, las estrellas, el atardecer, el océano y su infinito horizonte, la espuma, la arena entre los dedos, los árboles, un par de corazones, el pasto silvestre, las princesas de disney, la familia que tendría, la cantidad de hijos, mi casa futura. Sólo había que tomar los crayones, cerrar los ojos y soñar. Y en el camino algo pasó. Ya no pude seguir pintando, no con la misma fantasía, no con la alegría de antes. Mis cuadros se empezaron a poner grises, turbulentos. Pintar ya no era pacífico, ni mucho menos amigable. Pintar se volvía cada vez más y más rabioso. Como si los colores tuvieran una única tonalidad y las palabras no tuvieran mucho que agregar. Algo pasó en el camino y no pude volver a pintar con los mismos ojos, como si de pronto el mundo de las hadas hubiese dejado de existir, como si ni siquiera una gota de confianza en el mundo hubiese quedado en mis labios. Un día desperté y nada era lo mismo. Ya no podía pintar. Miraba la cartulina de reojo, no me decidía a ponerla sobre el atril. Todo se había vuelto demasiado complejo. No sabía qué colores tomar, qué pintar, ni qué soñar. Miraba la cartulina en blanco y siempre era mejor regresarla a su lugar, no tocarla, dejarla esperar por algo, o no sé. Algo había pasado en el camino, en las líneas rectas del universo. ¿A dónde se habían ido mis matices? ¿Las acuarelas? ¿La paleta de colores? Un día desperté y parece que ya no los tenía. Como si de pronto hubiese sacado las cajas de lápices y la mitad de ellos me los hubieran robado. Ya no podía pintar, no como antes. No podía mirar la cartulina con la misma pasión. No tenía nada que decirme, ni yo a ella. Algo se había quedado atrapado en mi inframundo, y ya no podía dejarlo salir, había perdido el habla.

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