No hay peor pérdida de tiempo, que la espera. Esperar que las personas quieran las mismas cosas que uno, esperar que funcionen desde las mismas reglas y parámetros. Esperar que tengan los mismos conceptos y definiciones de algunas cosas, los mismos códigos de relacionarse. No hay peor dolor, que despertar y darse cuenta, de que todo aquello que se ha dado y entregado a otros, no es respondido de esa misma manera, esperando, casi por una obviedad, que a las otras personas les nazca hacer, sentir o pensar, lo mismo que a uno. No, se puede morir esperando por eso, así como también, que a los demás les afecten o perturben las cosas, con la misma intensidad.

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