Después de todo este tiempo, creo que es la primera vez que no me siento culpable por las decisiones que he tomado. Que no me manipula la ambivalencia de hacer o decir algo y luego preguntarme a mí misma para qué cresta hice eso. No, me liberé. Entregué todo. En esta etapa de mi vida, creo que es la primera vez que me siento consecuente, con mis deseos, con mis sentimientos, con aquello que yo quiero lograr y realizar. Nadie me está diciendo qué es lo que corresponde. Sólo yo me autogobierno. Ha sido un año de profundos cambios, de elecciones, de decisiones. Todas ellas con una cuota gigantesca de dolor, de rabia, de estar (como dije una vez), muy pero muy en el inframundo. Y finalmente, después de todos los temblores las cosas empiezan a estabilizarse, a ir encausándose como un río que ya sabe por dónde tiene que ir. También, es la primera vez que experimento esta sensación de satisfacción y tristeza al mismo tiempo, como de entender que es lo que necesitaba hacerse, pero a la vez, consciente de todas las pérdidas que eso significa, de los duelos. Pero bueno, si la vida me pone este precio, estos desafíos, creo que es la primera vez que puedo decir que estoy preparada y lista para asumirlos, para pagar este costo. Por primera vez, ya no tengo miedo.

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