Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Una de esas noches...

Una de esas noches donde te sientas a pensar. En dónde estás y a dónde quieres ir. En los caminos y en las salidas. En lo que dejó de ser y en lo que hay. 
Luego... estar en el mismo centímetro de aire que tú, y mirarte a la cara como si con sólo posar la vista fijamente fuese a decirme algo importante, talvez, que nada fue en vano, que algo, por diminuto que sea, aprendimos. Que hoy ya no somos más los niños que éramos. Que estamos listos para seguir adelante, sin mirar atrás.
Luego... estar en el mismo centímetro de aire que tú, y que esa mirada no tenga nada que decirme. Al contrario, parecieran no reconocerse. No sentir ni siquiera un rubor en las mejillas. Pensar, que aquel que tienes al frente, no es el tuyo, ese que solías tener. Que está más viejo o más gordo, que lo que dice son tonteras o que ni siquiera te anima para querer escuchar. Es como estar completamente desencantado, no sólo del amor, sino también del enamoramiento adolescente, genuino, apasionado, loco e intrépido. De ese que alguna vez, nos había unido y conquistado.
Una de esas noches donde a pesar de estar rodeado de gente, de reír, de pasarla bien, tienes breves momentos, fugaces y repentinos, donde los segundos se congelan y te sientas a pensar. En todo lo que ha pasado, el agua bajo el puente, las decisiones y las elecciones. En las personas que están contigo y en las que ya no están, por uno u otro motivo.
Luego... estar en el mismo centímetro de aire que tú, con la consciencia plena de que nos despedimos en un incómodo momento, frío y carente de sentido.
Luego... sin retroceder nos alejamos de a poco, y los centímetros se diluyen, pero sólo una cosa queda bastante claro. Realmente no había nada para decir.

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