Una de esas noches donde miro la pantalla. Sólo veo correr los segundos, esperando algo, algún sentimiento que desborde y quiera salir en vez de quedarse atragantado. Está ahí, lo puedo sentir, pero finalmente, sólo puedo tipear más de lo mismo, más de la misma basura de siempre. A veces no las puedo detener, sólo vienen, sin razón apartente. Me refiero a las lágrimas. Esos aterradores pedazos de melancolía e incertidumbre. Traen consigo su lista de preguntas, su baúl de recuerdos y aquella fina reserva de soledad embotellada en 1999. Tiene un exquisito gusto, delicado, tan amargo y doloroso. Como cada parte de mi alma de tanto en tanto. Que sube y baja. Que se asienta y se desbarata. Que no logra encontrar un centímetro de paz. No, ni siquiera uno. Luego vuelvo a pensar, aquello que suele cruzarme por lo menos una vez al año; algunas cosas sencillamente no debieran existir, y entonces, ¿cuál es el puto subtexto que no he podido leer? ¿Siquiera hay alguno? Miro por la ventana. La ciudad está tan tranquila, tan dormida. Y yo, simplemente no las puedo detener.

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