Se me enseñó, durante la mayor parte de lo que fue mi vida universitaria, que el ser humano construye realidades, y que la manera en que significamos los eventos determina, por lo tanto, dicha construcción. Siempre creí que esa aseveración tenía tanta lógica, me parecía casi obvia. Y a pesar de "comprarme" tal discurso por completo, nunca era demasiado fácil pensarlo lo suficiente como para llevarlo a la práctica con consciencia, detenimiento y convicción. Al contrario, creo que con frecuencia caía en ver los lados oscuros, en culpabilizar a otros por ciertas cosas, y en ver la realidad como algo que ocurría sobre mí (muchas veces incluso en mí contra), ajeno a mi voluntad y a mi poder de decisión. Y bueno, talvez sí, talvez no. El punto es, que no seríamos nosotros sin nuestras narrativas. Pero, ¿qué sucede cuando nuestras propias historias son las que nos hacen daño? ¿Debemos cambiarlas? ¿Debemos cambiar a los demás? ¿Debemos mirar lo positivo como se nos suele decir? ¿Encontrarle el famoso "para qué"? Quizás, ¿todas juntas o ninguna? A veces, se vive sobreviviendo a tales historias y no realmente amando lo que se hace, quien se es, para dónde se va. Si pudiera pensar en alguna respuesta, creo que sí. En parte construimos narrativas, pero también las personas y las relaciones que establecemos con ellas nos contruyen. No sólo los hechos, las situaciones, los eventos desafortunados, sino además, las interacciones y sus respectivos modos de funcionar. Cuando digo esto, pienso entonces, que efectivamente frente a ciertas experiencias corresponde a nosotros mirar lo positivo y modificar las narrativas. Esto implica ajustar expectativas, reordenar prioridades, bajar defensas, construir muros cuando sea necesario, y dar lo que a uno le nazca sin importar cómo las otras personas lo retribuyan. Entender que algunas relaciones pueden no ser tan recíprocas y que sólo es hora de "cortarlas", modificarlas o reordenarlas, cuando a uno le molesten. Puede ser necesario tener que construir una nueva realidad, o una nueva forma de relación, o ninguna. Ahora, frente a otras experiencias, quizás lo anterior no será posible. Buscar el puto significado talvez no ayude. Al revés, contamine. Por lo que, en vez de eso, una sugerencia mejor sea no tratar de comprender lo que no se puede y llegar a algún punto de aceptación que no conduzca a la rabia ni a la mera sobrevivencia, sino a una especie de paz con uno mismo. Lo sé, parece un consejo otra vez tan obvio, sin embargo, puedo dar fe de que yo todavía no lo logro. Aún así, me queda la ilusión de creer que, a pesar de ser difícil, éste sea un camino posible de conseguir.

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