Corren los coches fuera de la ciudad. El sol hace su humilde descenso a través de las cortinas de mi cuarto. Una suave brisa baila con mi cabello, acaricia mis mejillas. Y la luminosidad me inunda, mientras miro las calles, los edificios, la arboleda. Mis ojos se tiñen de color miel con la luz del comienzo del atardecer. Y afuera hay tanto ruido, tantas bocinas. Más no en mí. Ahí donde yo estoy, junto a la ventana, sólo hay silencio, hay preguntas, hay inconsistencia y soledad aguerrida. Comprendo el cambio, empiezo a sentir lo que sabía que sentiría. Creía que estaba preparada para esos sentimientos, y parece que no lo estoy. Supongo que en realidad, nunca se puede estar demasiado preparado para nada. Ni para la pérdida, ni para el dolor, ni para sentirse solo.
Aparecen unas cuantas nubes, y aún así el cielo brilla de un celeste intenso. Las sombras empiezan a formarse al costado de los edificios con la bajada del sol, con el aumento de la brisa. Todo parece tan quieto, tan inmóvil desde aquí arriba, desde mi balcón. Y mientras suspiro, fotografío cada instante en mi memoria, cada cosa con su emoción, con lo que siento aquí y ahora. Nadie puede arrebatármelo, ni restarle importancia. Nadie puede verlo ni sentirlo de la misma forma que yo. Nadie puede decirme qué está mal o qué está bien. Nadie puede hacerme sentir mejor diciéndome que todo pasará.
Se hace tarde, después de unas cuántas horas frente a la ventana.
Después de suspirar, de querer regresar.
Ya es, demasiado tarde.

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