Azucena se siente llena de energía. Por primera vez en mucho tiempo corre con sus deportivas sin pensar que alguien (su pasado, su historia) la persigue. No hay objetivos. No hay tareas. No hay misiones de transformar el mundo, sino únicamente a sí misma. Cada trote es ahora tranquilo, apacible, como una furia pacífica, si acaso es eso posible. Y entonces, un calor interno la domina, como si fuese a elevarse del suelo y salir flotando. Corre con los pies. Corre con los ojos. Corre con el corazón y sus miles de latidos por minuto. Azucena se siente inmensa. Una especie de sabiduría va recorriéndole las venas, donde todo lo que necesitaba oír ya lo sabe. No hay presiones. No hay demandas. No hay responsabilidades, sino únicamente con ella misma. Y entonces, se detiene a oler orquídeas en el camino, oye el sonido de sus zapatillas contra al pavimento, advierte la brisa en su cara. Está aquí y no allá, como si este espacio de tiempo fuese suyo y de nadie más. Ve las nubes al pasar, observa las sombras que van soltándose de su cuerpo como rasgaduras viejas. Azucena se siente en calma. Sus pies avanzan y piensa que está lista para vivir, para gozar casi tanto como un niño ciego que recién despierta a los colores del mundo. Ya nada le falta. Mucho le sobra y se ha caído el velo.

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