Alondra siente su desnudez y no le tiene miedo, ya no. Sentada frente al piano, sus dedos se deslizan por las teclas como si la inspiración y el amor nunca se hubiesen ido de sus manos. Las melodías más dulces la visten y acarician en esa inmensidad que es su vida. No hay silencios ni preguntas, ya no. Alondra sabe que al final, todo se reduce a una cuestión de prismas. De elegir con qué ojos mirar. De elegir agradecer. De elegir amar con cada una de las fibras de su ser. Y así se siente. Como si el mundo se fuese a acabar de tanto existir, de tanto sentir que todo lo puede, que todo lo alcanza. Su cuerpo finito consigue la vía de convertirse imperecedero, de brillar. Alondra está segura de que el cosmos sabrá darle lo que necesita, de que su interior está listo y preparado.

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