Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

martes, 27 de noviembre de 2018

Alba

Alba se puso sus zapatillas de ballet y un cosquilleo electrizante comenzó a subirle por los dedos. Su piel blanquecina se llenó de vibraciones, de esas que hace tiempo no tenía. Se preguntó entonces por qué había dejado de bailar si tanto le gustaba, más recordó que a veces su vida era como la música clásica; rígida, estricta y exigente. Sí, así era antes de despojarse de todo aquello que le hacía mal. Porque si algo ha aprendido Alba, es que no se puede estar todo el tiempo cumpliendo las expectativas de otros. Que está bien soltar. Que está bien decir que no. Que está bien centrarse en uno mismo de vez en cuando. Que está bien tirar las normas por la borda. Que está bien escuchar la melodía interna, el estilo libre. Y mientras sus pies sienten la delicadeza del suelo, una luz brillante se cierne sobre los espejos de esa sala de ballet, y Alba recuerda lo que es sentirse feliz. Sí, en ese momento tan suyo, donde la única exigencia es dejarse llevar, se conecta con todas las músicas que la vitalizan. Piensa que además de bailar quiere volver a escribir, tal vez pintar, pero no desde lo oscuro, sino desde la armonía. Porque si algo ha aprendido Alba, es que la vida es muy corta. Que cuando las cosas se hacen de corazón, nada puede salir mal. Que cuando se da espacio a la voz interior, la alegría es inmensa e infinita. Que está bien aflojar las riendas de vez en cuando. Y mientras sus manos sienten la liviandad del aire, un silencio convertido en paz llena esa sala de ballet y Alba es feliz. 

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