
Esta noche el árbol destella con sus luces y el mejor regalo de navidad que podríamos recibir es que hoy estamos todos nuevamente reunidos. Nada más bello hay que celebrar la importante fecha del nacimiento de Jesús en familia, con aquellos que verdaderamente amamos, con aquellos que iluminan nuestras vidas día a día, que nos acompañan en nuestros logros y en nuestras derrotas, que nos alientan a ser mejores personas.
Esta tradición se remonta a muchos años atrás cuando aún varios de nosotros ni siquiera habíamos nacido, época en que nuestros padres se juntaban en la casa de mis abuelos en Pedro Torres. Le he escuchado contar a mi mamá cómo el abuelo gozaba de la compañía de su familia y de verlos a todos contentos, y de cómo en medio de risas y exclamaciones, les pedía que se probaran las tenidas nuevas. He querido mencionar esta parte de nuestra historia familiar como una forma de recordar especialmente al abuelo Fran, que estoy segura de que hoy está con nosotros desde el cielo acompañándonos.
Sin duda cada navidad es distinta. Tiene ese algo que la hace especial y mágica. Puede ser la persona a la que abrazamos, la comida que probamos, el regalo nuevo que deja huella o la sonrisa que entregamos a los demás.
¿Qué es lo que yo recuerdo de las muchas navidades que hemos pasado? De pequeña, el vestirme elegante por orden de mi mamá. El esperar ansiosamente que fueran las 12 para poder abrir los regalos que el viejo pascuero prometía entregarnos después de nuestras cartas. Esas 12 que nunca llegaban y los tíos diciéndonos un “ya falta poco niños”. Era una larga espera. Recuerdo también cantar canciones de navidad, vestirnos de Virgen María y José para hacer el pesebre y leer algunas lecturas de la Biblia. O lo entretenido que era hacer galletas, comer rico y celebrar con los tíos y primos.
Ya de grande, aprecio mucho todo lo que hemos compartido. Las risas, los llantos y las ganas de preservar la familia unida. Me gusta ver que los lazos se mantienen y que existe el interés de hacer memoria a todo lo vivido y de construir futuros nuevos. Puedo ver cómo los niños gozan de la alegría que nosotros tuvimos y tenemos, cómo esperan a que el viejo pascuero aparezca por la puerta con los villancicos y el saco de regalos. Me gusta verlos sonreír y cantar, y darme cuenta de que la inocencia que todavía vive en ellos le coloca magia a esta noche tan especial.
Por último, decir que nada de esto sería posible sin la oportunidad que nos han brindado el tío Jose y la tía Aurora. Quisiera agradecerles por habernos invitado nuevamente y por permitir que disfrutemos de este bonito momento.
[Pintura: La Sagrada Familia - Murillo]
Esta tradición se remonta a muchos años atrás cuando aún varios de nosotros ni siquiera habíamos nacido, época en que nuestros padres se juntaban en la casa de mis abuelos en Pedro Torres. Le he escuchado contar a mi mamá cómo el abuelo gozaba de la compañía de su familia y de verlos a todos contentos, y de cómo en medio de risas y exclamaciones, les pedía que se probaran las tenidas nuevas. He querido mencionar esta parte de nuestra historia familiar como una forma de recordar especialmente al abuelo Fran, que estoy segura de que hoy está con nosotros desde el cielo acompañándonos.
Sin duda cada navidad es distinta. Tiene ese algo que la hace especial y mágica. Puede ser la persona a la que abrazamos, la comida que probamos, el regalo nuevo que deja huella o la sonrisa que entregamos a los demás.
¿Qué es lo que yo recuerdo de las muchas navidades que hemos pasado? De pequeña, el vestirme elegante por orden de mi mamá. El esperar ansiosamente que fueran las 12 para poder abrir los regalos que el viejo pascuero prometía entregarnos después de nuestras cartas. Esas 12 que nunca llegaban y los tíos diciéndonos un “ya falta poco niños”. Era una larga espera. Recuerdo también cantar canciones de navidad, vestirnos de Virgen María y José para hacer el pesebre y leer algunas lecturas de la Biblia. O lo entretenido que era hacer galletas, comer rico y celebrar con los tíos y primos.
Ya de grande, aprecio mucho todo lo que hemos compartido. Las risas, los llantos y las ganas de preservar la familia unida. Me gusta ver que los lazos se mantienen y que existe el interés de hacer memoria a todo lo vivido y de construir futuros nuevos. Puedo ver cómo los niños gozan de la alegría que nosotros tuvimos y tenemos, cómo esperan a que el viejo pascuero aparezca por la puerta con los villancicos y el saco de regalos. Me gusta verlos sonreír y cantar, y darme cuenta de que la inocencia que todavía vive en ellos le coloca magia a esta noche tan especial.
Por último, decir que nada de esto sería posible sin la oportunidad que nos han brindado el tío Jose y la tía Aurora. Quisiera agradecerles por habernos invitado nuevamente y por permitir que disfrutemos de este bonito momento.
[Pintura: La Sagrada Familia - Murillo]
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