
En la luminosidad de tu capullo descubrí la verdad de aquel tono refulgente y con el sabor de las flores me convencí de la realidad de tus manos y del profundo océano que habita en tus ojos, intranquilo, travieso. Me apropié de tus vestiduras, aquella copia con gusto a sol, de bordados de estrellas y rayos de atardecer. Y sintiendo la hierba bajo mis pies, fingí poseer tus alas y tu libertad, fingí tener el pasaporte a una tierra ya distante pero no perdida.
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