
Hoy tomé la micro temprano en la mañana con el sol quemándome los ojos. Y mientras pasaban las calles, los semáforos y la gente corriendo, pensaba en tantas cosas, más bien escuchaba de a ratos a mi propia voz interior. Una especie de soliloquio cansado, o un duende travieso queriendo despegar. "Me verás caer", pensé. Y luego oí "¿a dónde?". Y entonces aparecieron todos esos túneles frente al pasillo de la micro y todos sus pasajeros como actores de una fría obra de teatro. Mi obra, mi vida. "Qué difícil es", me dije. Y cuando sonó mi timbre me bajé para caminar al compás de atareados trabajadores y ocupadas telefonistas. "Pero, ¿por qué yo lo permito?", oí otra vez. Era una extraña conversación con mi inconsciente, y dudas no agradables para tan hermoso día. Llegué al trabajo. Y ahí todo volvió a la normalidad. Seguí siendo yo, la universitaria, la romántica, la soñadora, la silenciosa. Seguí un curso, seguí mis deberes como toda persona normal. Sin embargo, cuando llegó la soledad, y un nuevo viaje en micro.. el duende me robó los labios y salió de nuevo a jugar. "Qué mala suerte. Otra vez los espejos y ese vacío que no suena más que a insatisfacción", grité. Y entonces comprendí la mala racha que venía colgándose de mis zapatos como saco de plomo. Todo tenía que ver con la necesidad y la afiliación.
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