
Época de defensas bajas. Los cuchillos se clavan puntiagudos, afilados y como astillas de hielo en todo mi cuerpo. Y yo me hundo en posición fetal, pensando que así me protejo un poco de esta soledad desolada que me hiere hasta los huesos. Pero de mis ojos lastimosos se derraman lágrimas de sangre. Malditas las lluvias y los gritos. No quiero más tener que esconderme en piezas oscuras. Ni taparme los oídos cada vez que el cielo está a punto de caerse al costado de mis pies, o encima de mis manos. Estoy cansada, abatida de dormir entre las espinas, de sentir que cada vez que despego hacia las estrellas, las lenguas de fuego me hacen caer una vez más. ¿Qué castigo eterno es este? Es como estar en el purgatorio en vida. No quiero ser una llorona más.
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