
Sintió el viento helado azotar sus alas, y con furia, éste intentaba arrastrarla hasta un vacío oscuro del que ella luchaba con todas sus ansias para no caer. Qué tonta había sido. Qué torpe. Pobre pequeña. Pobre su tremenda fragilidad. Y casi agotada en sus últimos suspiros, tenía su rostro pálido y las manos heladas. Había olvidado ya cómo soñar con aquellas tierras lejanas, cómo escuchar aquellas melodías graciosas y cómo despertar de pensamientos tan desesperanzadores. Ni siquiera el amor tenía un aroma dulce, y entonces la tristeza había terminado por embargar su corazón de rosas marchitas.
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