
En la vida siempre hay momentos incómodos. Esas situaciones en las que darías cualquier cosa por no estar ahí, por ser invisible. Descuajar raíces. Hachar todo sentimiento. Sabes que en cualquier instante, alguien te tenderá una trampa para cazarte en pleno vuelo. Y mientras todo eso pasa por tu cabeza, aguardas. Sabes que no puedes irte, ni decir nada. Son esos instantes eternos en los que tu mente maquina un montón de tonterías, y tu alma, en cambio, quiere llorar por dentro. Y en un fragmento de segundo, corres una película de dos horas. Donde se esfuma toda voz, toda palabra, toda persona. Estás sólo tú, un poco de materia ajustada a la gravedad de un espacio particular. Y lo odias. Y sigues ahí, como por una regla de aritmética o física cuántica. Y luego desapareces, lloras debajo de las alas de una mariposa. Lloras en silencio. Y tu cuerpo nunca fue cuerpo, ni tu mente estuvo realmente ahí.
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