
Una princesa yacía en una cama ajena. En un cuarto extraño, en un suelo primerizo. Y mientras su cabeza se apoyaba contra la almohada, lágrimas silenciosas brotaban de sus ojos. "¿Por qué lo hará?", pensaba la princesa. Y disimulando su tristeza en aquella oscuridad, observaba a un muchacho. Era un forajido algo tímido, algo cobarde, algo reservado, algo orgulloso. Era un tejedor de ilusiones, un conquistador por esencia. "No lo entiendo", se decía otra vez la princesa. Y entre cada gota una duda. Pues no comprendía, por qué el muchacho no la quería, por qué el muchacho le daba la espalda y le rechazaba sus labios. "¿No soy acaso lo suficientemente dulce?", hablaba la princesa en silencio. Tantas noches y la misma cama, y el mismo cuarto, y el mismo suelo. Tantas noches en que el muchacho le había jurado amor eterno. Tantas noches de abrazos y besos, de caricias, de juegos, y sin embargo, en esta ocasión el mundo parecía congelado. No volaban mariposas, no cantaban los ruiseñores. Sólo un silencio y dos rostros. Sólo un espacio y dos cuerpos. Una princesa y un único miedo. Un muchacho... y su cabeza en cualquier lado.
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