Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

domingo, 14 de diciembre de 2008

La melancolía


¿Por qué será siempre la melancolía? ¿Ese vicio barato el que motiva el puño, el lápiz y la tinta? Todas las veces hay un impulso feroz, y descontrolable. Es cuando tengo una especie de rabia, un volcán a punto de estallar, que los versos comienzan a aflorar y las melodías aguerridas cantan por sí solas. Es como una energía visceral, que partiendo de un sentimiento negativo o de alguna herida, termina por expulsarse en una catarsis casi freudiana. Y si lo pienso, algún grado de neuroticismo oculto debe haber en esto, algo que me impida controlar las emociones al punto de tener que escribirlas de una vez, para poder vomitarlas y descargarlas. Ir perdiendo los afectos de a poco, como se dice. Algo raro es sin duda, porque es como una furia que me quema dentro, y que no puedo detener. A veces me arrepiento de ella, porque la furia llega más rápido a mis labios y a mi voz, de lo que mi cabeza puede pensar. Y eso me ha traído más que alguna desventaja de vez en cuando. En cambio otras veces, el fénix se defiende solo, y protege sus intereses, o los míos. No es que tenga un alter-ego, sólo refería que, en ocasiones, la furia actúa con justa razón para evitar perjuicios a la propia persona. En fin, todo esto partió, por la dichosa melancolía, y aparece, aún cuando no se le haya invitado. ¡Qué falta de decoro!

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