Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

viernes, 19 de diciembre de 2008

Mensaje de amor

Una botella de vidrio viajaba en aguas tranquilas, y su cinta dorada flameaba con cada oleaje al ponerse el sol en un mar no descubierto. Y dentro de la botella había un mensaje sin destinatario, un pequeño papel, un pergamino quemado en los costados. Y cada noche, al subir la marea, la botella avanzaba unas leguas más lejos desde donde había partido. No había propósito específico para aquel cristal, sino nada más que encontrar un sueño, seguir huellas mágicas, pues el universo y el cosmos se habían unido en el infinito para que el mensaje llegase a unas únicas manos, a unas líneas suaves y unos labios secretos. Y esas manos y esos labios contenían una historia en sus ojos, ojos que a su vez deseaban descansar en un abrazo nuevo, en una fuente de energía que lo hiciera despertar otra vez al amor. Y desde un faro blanco con puertas y persianas azules, una ventana dejaba entrever una luminosidad plateada y diminuta, con olor a sal y a sirenas. Y aquel brillo dibujaba estrellas y caracolas en su habitación, las que bailaban de una pared a otra al compás de una música dulce y graciosa. Acoplada a la noche, la muchacha le sonreía a la luna mientras un poema lejano sonaba en sus oídos. Y desde una costa de arena blanca y espuma rugiente, un muchacho cantaba una canción de amor con una botella en sus manos. Y repetía las frases de un verso que conservado en el cristal, llamaba en silencio a las hadas y a la ilusión. Un barco y una brújula era todo lo que tenía, y sin embargo, nada más necesitaba para emprender aquel viaje de amor. Con su flauta le cantaba a los delfines mientras su pequeña barcaza se abría tímida en el ancho horizonte, y en el faro una muchacha caía dormida en los brazos de la luna, esperando en la torre, un corazón que la quisiese despertar.

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