Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

viernes, 12 de diciembre de 2008

Let the judges frown

Dejemos que los jueces juzguen el amor como ha de ser. Dejemos que decidan, que den pruebas fehacientes de cómo las cosas debiesen funcionar, pues si bien en el derecho del amor no existen códigos estrictos, ni leyes absolutistas, cierto pergamino básico que nació con la primera pareja de la humanidad, Adán y Eva, explica cánones sociales, otorga ciertas pautas y ciertos compromisos que, no entregando seguridad total, promete cierto nivel de agrado y de éxito. Hoy dejemos que los jueces decidan si lo que tenemos es válido, si es que nuestro amor es fútil, o por el contrario, una rosa que ha de ser cuidada con sacrificio y respeto. Porque no sé si llevar nuestros alegatos día por medio, nos conduce a nada legal, mucho menos sano, para ninguno de los dos. ¿Existe algún resquicio que nos saque de este barco que se hunde? ¿Algún artículo no descubierto? ¿Alguna sentencia no probada? Porque lo que nos une a veces parece destruirnos, y entonces el contrato comienza a quemarse por sí solo. Se deshacen sus letras y sus pequeños pie de página de a poco, tal cual se desgasta lo que siento, y probablemente, lo que tú sientes también. No queda ninguna escritura verdadera, ni ningún argumento que no haya sido usado ya. Así que, vayamos a la Corte, que los jueces decidan, que los jueces lloren por mi.

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