
Cuando la perseverancia se convirtió en hostigación y la insistencia en acoso, casi al punto de invadir el mundo de la otra persona y su propia privacidad. Así me siento ahora. No entiendo nada de lo que pasa. Y sé que todo el tiempo estás leyéndome y observando pendiente de lo que hago, dejo de hacer, digo o no digo. Estás ahí aguardando esas "señales", esperando que te diga que te quiero de vuelta y que me haces falta. Pues lamento decirte, la realidad es cruda. Es mi tiempo. Mi espacio. Mi oportunidad de pensar en mi, en las cosas que quiero y que sueño. Es la instancia que tengo para valerme por mi misma y de tomar las decisiones que creo correctas aunque a veces duela o me equivoque. No tengo que seguir ninguna regla, ni guiarme por ninguna consideración, excepto por aquella que dicte mi corazón, con osadía o con desgana, para bien o para mal. La hostigación sólo lleva al cansancio y el cansancio no a la rendición, sino a la huida. Crees que con llenarme de tus escritos y tus palabras de amor caeré a tus pies como en un acto de benevolencia, sin embargo, la saturación está más allá de sus límites y la normalidad ha dejado de ser un punto cuerdo. No creo nada en ti. Y parece ocurrir, confusión en demostración de afecto con imploración e irrupción en mi mundo privado, MI, y en la obstinación por evadir mi derecho de plantearme las cosas, de pensar en todo lo que se me antoje la gana pensar. Sin dar explicaciones, sin esperar que te de una respuesta a cambio. Hostigación y acoso. Así me siento ahora. Como una botella de vidrio a punto de explotar.
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