
Un día de sol y el espíritu que no encuentra la calma. Se retuerce entre las sábanas, se agita sin prisa. Eleva los brazos, respira. Pronuncia un canto al aire, le grita a los árboles. Se sienta a meditar sobre el pasto, peina sus cabellos. Bebe del agua, piensa sobre la existencia, el mas allá o el más acá. No hay recetas. Ni un único camino. Nada está escrito sobre el sentir o el quizás. No existen los límites a excepción de la muerte, realidad que a veces parece más vívida que nunca. Saca entonces las cubetas, arroja las estrellas, dibuja cometas de colores. Escribe esas líneas, las mismas de siempre, y vuelve a darse cuenta, sin un por qué o un cómo que sea cuerdo, que la cárcel es más fuerte, le pisa, a donde quiera que vaya, en oscuridad y con alevosía.
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