Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

sábado, 20 de agosto de 2011

En Bolsón Cerrado

Algo así entre primavera y otoño, esos días donde no hace calor, ni demasiado frío. Donde las hojas están verdes, con la humedad. Y un tímido sol te acaricia y al segundo después, las gotas de lluvia le hacen la competencia. Caminaba por la calle, tomaba el bus en un país lejano, nuevo, desconocido. En un mundo con su propia musa y las mágicas historias por contar. Siempre me pregunté cómo sería estar allí, en Oxford. En la mística de sus letras, de las poesías. Conociendo cada rincón de su existencia, respirando el mismo aire imaginativo y soñador. Tomando el mismo lápiz, escribiendo unas líneas nuevas al creador. Y ahí estuve. En su casa, en su vida. Descubrí Bolsón Cerrado con mis dedos. Comprendí su significación. Fue un momento increíblemente imperecedero, como sus tierras. Y luego de visitar su hogar, junto a los cuentos para niños, la insignia de su nombre, y aquella ventana de inmortalidad y creatividad, volví a la calle y nuevamente cogí el bus. Recorrí un sendero de verde, con piedrecillas de arcilla. Crucé una puerta hasta llegar un letrero que decía J.R.R. Tolkien. Otra vez sentí esa energía que me invadía, esa ingenua admiración de tantos años. Estaba en su lápida, en ese romántico universo detenido en el tiempo, de Beren (el maestro) y Lúthien (su esposa). Toqué la piedra, me sentí parte. Conversé con su espacio, con la naturaleza y sonreí. No podía creer que estaba ahí. Luego le escribí una carta, y finalmente me despedí para regresar a mi casa, y a la cotidianidad. Mientras saboreaba ese último suspiro con gusto a lembas, recordé que, "Incluso la mano más pequeña puede cambiar el curso del futuro" (Tolkien).

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