Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

lunes, 16 de abril de 2012

Anfiteatro

La vida de anfiteatro es curiosa. Casi irreal, o talvez, del todo. En el escenario, se interpreta un guión, en el cual, está todo dado, todo escrito, explícito, manifiesto. Te dicen qué personaje debes ser, cómo actuar, qué sentir, qué emoción debes transmitir al público durante todo el espectáculo, y cómo lograrlo. Te dicen incluso, cómo debes vestir, qué accesorios utilizar, la voz, las miradas, los gestos, etc. Es el resultado de un profundo y acusioso estudio acerca de los personajes, la obra y su trama.
En cambio, cuando el telón baja y las luces se han apagado, ya no hay nada más que representar. Los actores cuelgan los disfraces y comienzan a vivir la propia vida. Se sacan el maquillaje para mostrarse al mundo tal cual son, sin caretas de por medio, sin escenarios ni ficción.
La vida de anfiteatro es muy curiosa. Ensayada, como sacada de un molde, como levantarse todas las mañanas y llevar a cabo la misma rutina de siempre, como fluir con la corriente acostumbrada, sintiéndose vacía de sentido, de identidad. Mientras se interprete bien el rol, el público estará contento, habrá recibido lo que esperaba, lo que vino a buscar. Como si lo que sucediese bajo el telón no le importara a nadie, ni siquiera a uno mismo en su pobre olvido. Como si el anfiteatro pasara a ser de pronto la realidad, y lo detrás de las bambalinas, lo paralelo. Como si no sentirse parte, o no sentir del todo, fuese un sentimiento de locos, algo sobre lo que escribir talvez, en una próxima novela. Quizás el anfiteatro es real y yo no me enteré. Quizás vivirse como pregunta es de filosóficos. Quizás, sentirse vacío es sólo de limítrofes. Quizás a nadie le interese.

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