Cuando uno está a punto de quebrarse, no hay peor pregunta que: ¿Cómo estás?
Desencadena una serie de procesos corporales y emocionales que aún cuando quisieras resistirte y frenarlos como fuese, no se puede.
Deja al descubierto todas las fragilidades.
Pone de manifiesto todas las tristezas.
Se queda desnuda el alma y simplemente no hay vuelta atrás.
Llorar y sólo llorar, como si el mundo se fuera a acabar.
Soltar los paraguas y permitir que llueva.
Sin importar la cantidad de pañuelos.
Sin medir los centímetros cúbicos ni la cantidad de público.
Una vez que se ha desatado el quiebre, no queda otra que aceptarlo con humildad.
Y vivirlo, nada más sentir cada una de sus agujas con la esperanza de que duela menos.

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