
Descansando estaba. Suspiraba. Dormía. Tenía los ojos cerrados y las nubes corrían a través de sus párpados oscuros. Había una música, la suya propia. Y centenares de espigas que la rozaban dorada a través de campos tranquilos. Soñaba, cantaba por dentro. Y sus labios tenían enclaustrados un libro entero de poesías, y fantasías que querían conocer el mundo de una vez por todas. Descansando estaba. Casi tan rígida que parecía muerta en un cielo vacío. Pero respiraba, y sus pies helados podían sentir el llamado del sol bajo una melodía profunda.
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