
Claveles le salían de la nariz como vómito de sangre. Y en una pieza oscura, tan negra que no se veían ni los centímetros más cercanos a tus pies, colgaban estrellas blancas, y se escuchaba una música pacífica, instrumental, como vidrios chocando unos contra otros al compás de un viento tranquilo. ¿Quién la había encerrado? No, no se equivoquen, no era una cárcel ni una prisión engañosa. Ella misma se había recluido para descubrir los misterios del universo. Luego risas, y cabellos esparcidos en el suelo por todas partes. Al segundo, sus dedos tocaban otros dedos, otras piernas, otro rostro. Había una rosa, y lluvia. Y también un desconocido, un hombre que se decía príncipe y soldado. Se golpeaba el pecho, lloraba a ojos cerrados. ¿Quién lo había encerrado? No, no se cieguen, no había sufrimiento ni castigos, él solo había cerrado con llave detrás de él. Quería encontrar el paraíso de una niña, quería quedarse con ella y no dejarla escapar.
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