
Por el viaje y las largas caminatas, los elfos estaban cansados, hambrientos y sucios. En cambio los niños, con sus cabellos rubios resplandeciendo al sol, corrían y cantaban, como si todavía existiese alguna esperanza. Mientras avanzaban por un sendero oculto entre las colinas, sombras negras les seguían por todas partes, sin hacer ruido, esperando el momento preciso para atraparlos. Cuando el grupo se dio cuenta de ello, se produjo una feroz batalla. Flechas volaban en un silbido de metal al cortar el aire, y gruñidos de orcos se escuchaban por todos los rincones de aquellas colinas. El relato menciona que era una hueste de al menos doscientos orcos. Sin duda, una desventaja evidente.
Con agudeza y valentía, los elfos lucharon a muerte por proteger al resto del grupo y sus propias vidas, pero no fue posible. Los orcos apresaron a los elfos y los condujeron a la Torre de Mordor. Una vez allí, fueron despojados de todo artefacto brillante, atravesaron un largo proceso de tortura y finalmente, Sauron hizo de los elfos sus esclavos y sirvientes. Menos a uno.
Mis queridos hijos, se preguntarán por qué Sauron, El Señor Oscuro, habría tomado una decisión como ésta. Sin embargo, a veces la belleza supera el odio, y en algunos momentos, los destinos no están escritos, al contrario, aguardan por entretejer una suerte mucho mayor, para bien o mal. Sé que estarán pensando ahora, quién es aquel elfo que no fue encarcelado. Pues les diré.
Malievä. Ese era su nombre. Se cuenta de ella que era la mujer más bella que hubiese pisado Arda después de Lúthien, la Hija del Crepúsculo. Dicen también, que Malievä era una dama de los Altos Elfos de Lindon, aquellos que estaban gobernados por el gran Gil-Galad. Sus cabellos eran dorados como el árbol sagrado de los Valar, y su piel era suave y pálida, con las mejillas teñidas de rosa. Era una de las mujeres más altas dentro de su raza y su cuerpo era esbelto y delicado. Tenía ojos azules penetrantes, como un mar profundo, su sonrisa era dulce y sus manos finas. Estaba cubierta con las más hermosas y tenues vestimentas blancas, con adornos de perlas y un cinturón de plata. Cuando cantaba o bailaba, se apoderaban de ti los sueños y el letargo, y te sentías adormecer. Sus ojos, al mirarte, eran como un embrujo del cual no te podías liberar.
(Continuará...)
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