Si pudiera elegir mi paisaje de cosas memorables, de otoño desolado, eligiría súbitas rosas, lluvia,
recuerdos, alguna muerte, un montón de estrellas y una caja de ilusiones...

lunes, 25 de abril de 2011

Niëli, El Engendro de la Muerte (4)

La historia que esta noche les he querido contar, relata algo que nadie jamás hubiese podido imaginar, menos aún, los propios poderes del mal. No obstante, sucedió. Y solamente hemos podido acceder a estas memorias gracias a los sirvientes de aquella época.

Al ver Sauron a Malievä, algo de la oscuridad de su corazón se convirtió en rojo intenso. Desde ese día, Sauron no pudo resistirse a su belleza, y construyó en Barad-dûr un aposento para ella.

Cuando Sauron estaba cerca de la dama elfo, algo en su persona se transformaba por dentro. Sin saber por qué, evocaba aquella época en la que estaba al servicio de Aüle, el maestro herrero, antes de ser corrompido por el poder de Melkor. Recordaba ser un ente pacífico, diligente, enamorado. Talvez era ese recuerdo del amor, el que ahora lo distraía de su objetivo; la destrucción.

Durante el tiempo que prosiguió, entre la confusión y la obsesión, Sauron realizó algunos intentos por seducir a Malievä, sin embargo, la dama elfo lo rechazaba una y otra vez. No podía concebir estar con un ser que había hecho tanto sufrir a la Tierra Media. Simplemente lo aborrecía.

Esta actitud de Malievä generaba en Sauron, que la oscuridad se apoderara de él cada vez más y más profundo. Por las noches, la rabia, la frustración, la contradicción y el odio se volcaban en contra de los pueblos virtuosos, sin medir el daño ni sus consecuencias.

Un día, en su ira y desesperación, Sauron ocupó uno de sus grandes talentos.

(Continuará...)

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