
Se dice que, cuando Niëli se hizo más grande, Ingwethil comenzó a entrenarlo para que cumpliera con su destino.
En cuanto a destreza, fue muy completo y sus habilidades lo asemejaban a las características propias de los eldar. Ingwethil le enseñó a usar el arco y la flecha, a desarrollar sus sentidos, a ser herrero y a dominar los lenguajes, los cantos y la poesía. También, a conocer a las demás razas con sus fortalezas y debilidades, los astros y sus signos, a usar la naturaleza y a saber utilizar todos los medios que estuvieran a su alcance, a su favor.
Aparte de estos maravillosos conocimientos, Ingwethil lo instruyó en la ciencia de las artes oscuras. Niëli aprendió a cómo vencer a sus enemigos, tácticas de batalla, hechizos y conjuros, a emplear la tortura y el dolor como una forma para conseguir sus propósitos, a valerse de la corrupción y la manipulación. Pero por sobre todo, Ingwethil le infundió la codicia, el afán de poder y el odio por los Valar y los demás seres.
Desde el punto de vista externo, Niëli era un elfo por donde se le mirara. Internamente, había sido corrompido por las palabras dulcemente malévolas que poco a poco fueron ocupando su mente y finalmente su corazón.
Al convertirse en un joven fornido y capaz, comenzaron sus primeras aventuras. Ingwethil llevó a Niëli donde Sauron, quien, en vez de mirarlo como su hijo, lo observó como un potencial vasallo, de mucho poder y confianza. Así, Sauron lo hizo partícipe de las capturas de hombres, elfos, enanos, etc., y lo volvió cómplice de todas sus fechorías, pero siempre ocultamente, pues nadie debía enterarse de su existencia.
(Continuará...)
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