
Mientras tanto, Niëli se recuperaba de su pequeña derrota. Su enojo era mayor y la idea de ser el dueño de la Tierra Media y de acabar incluso con los Valar, era cada vez más recurrente en sus pensamientos y malévolos planes. El odio y la inmortalidad de los elfos era lo único que mantenía vivo su endurecido corazón.
En sus noches solitarias, iba a su torre y habría un cofre. De éste sacaba su objeto más preciado, el “Bângrodeth” o como él le decía, la “Lengua Negra”. Bângrodeth era una daga de plata, adornada con esmeraldas, perlas y rubíes, y estaba tallada con signos de la lengua antigua de las cirith o angerthas. Sauron se la había obsequiado cuando él sólo tenía diez años.
Siempre que Niëli la veía o la tocaba con sus dedos, recordaba la muerte de su padre y el daño que le habían provocado los demás seres de Arda. Los sentimientos de venganza se habían transformado en el hierro que forraba, o más bien que alimentaba su alma sin descanso.
En una de las piezas, otro sitio desolado y oscuro, lleno de tristeza, estaba Mälieva. El paso del tiempo no se notaba en su rostro ni en su cuerpo por ser inmortal, pero su corazón y su mente sí habían envejecido. Y la culpa le remordía la conciencia. Ella se auto reprochaba todos los días, la poca fortaleza que había tenido años atrás y que por eso, ahora el mundo pagaba las consecuencias de sus actos.
Aunque nunca hablaba con su hijo, muchas veces trató de convencerlo para que obrara bien y dejara esas ideas absurdas que Ingwethil y Sauron le habían metido en la cabeza de apoderarse de la Tierra Media. Le sugería, en cambio, que iniciara una vida feliz junto a ella, llena de paz y de belleza, pero Niëli siempre la rechazaba.
Mälieva ya no sabía qué hacer por él. Su desesperación y angustia no tenían límites y la desesperanza la invadía. Por su parte, Niëli la odiaba. La única razón por la cual ella seguía viviendo en la Torre, era por compasión y por ser la persona que la había dado la vida, pero nada más.
(Continuará...)
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